domingo, 22 de noviembre de 2009

Los transeúntes en las calles de París

En los días crudos y fríos de invierno, los transeúntes paseaban por las calles de París. Algunos eran trabajadores que acababan de terminar su jornada, ellos, hambrientos y cansados, caminaban por las calles buscando el calor de su hogar. Por otro lado, estaban los mendigos e indigentes, que, sobre cartones y mantas despertaban de sus sueños perfectos para encontrarse, como cada día, con la realidad. También se veía a los ancianos, sentados a los pies de Notre Damme o en los bancos de cualquier calle o plaza, observando la vida de los errantes pasar y recordando la suya propia. ¡Y los niños! Ellos corrían y jugaban, nada les importaba el frío invierno o el caluroso verano, la lluvia o la nieve; saltaban en los charcos más profundos, ensuciando sus mocasines y sus trajes de domingo y por las tardes pescaban en la serena orilla del río Sena. Pero, después de todo este gentío, se revelaban los más tímidos, los amantes. Ellos, que vivían por amor y que toda su existencia se basaba en complacer a otra persona. Las caricias, las miradas, los besos y los abrazos eran su lenguaje; para ellos no había días especiales, todos los eran; ellos no caminaban en busca de su hogar, cualquier rosaleda, andén, cualquier jardín podía ser su cobijo durante días y noches; ellos nunca llegaban a despertar, vivían de sus sueños, pensando solo en el presente. Pero los amantes sí saltaban en los charcos, también corrían y jugaban a ser niños, y si los días amanecían soleados y sin nubes, pescaban corazones a la orilla del río Sena.

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